Los 60 millones de pobres y la responsabilidad del gobierno.
Empiezo este texto dejando claro que yo no apoyé a Peña Nieto, ni voté por él, ni quería que él llegara a la presidencia. Como tampoco sé de cierto ni podría asegurar, que haya habido otra vez algún fraude masivo en contra de López Obrador. De Josefina y Quadri ni para qué hablar. Supongo, espero, que una vez que López Obrador presente las pruebas del supuesto fraude e impugne la elección, se le dará a su protesta el seguimiento necesario y sabremos entonces, finalmente, quién será nuestro Presidente por los próximos 6 años. Peña Nieto, pareciera ser, a menos que pase algo increíble y casi milagroso. En fin.
No soy un experto en política ni me interesa polemizar más al respecto, ya bastante gente lo está haciendo en las redes sociales y no es de eso que quiero escribir hoy.
Hoy quiero escribir acerca de un tema que, al parecer, interesa y preocupa a muchísima gente:
Los pobres.
Los 60 millones de pobres. Esos a los que López Obrador iba a ayudar, de haber llegado a la presidencia (o que lo hará, si resulta que hubo un fraude y que el presidente legítimo, otra vez, es él) . Esos que, de acuerdo a la opinión de muchos, quedarán otra vez en el olvido una vez que Peña Nieto asuma el poder. Creo, para empezar, que ni una ni otra postura es absoluta. Ni López Obrador iba a poder sacar adelante a esos 60 millones de pobres en 6 años, ni Peña Nieto duplicará la cifra en el mismo período de tiempo.
Leyendo a tanta gente “tan preocupada por los pobres”, se me ocurrió escribir en Twitter que no son solamente responsabilidad del gobierno y que si bien el gobierno es el principal responsable de ver por ellos, ya que para eso pagamos impuestos el resto, los pobres también son, o deberían ser, responsabilidad nuestra. Mía, tuya, de todos los que, de alguna u otra manera, “tenemos algo” o, “no somos pobres”. Mucha gente estuvo de acuerdo y otros tantos, no. Algunos me respondieron que los pobres son responsabilidad del gobierno y no nuestra. Con todo respeto hacia los segundos, no estoy de acuerdo. Por supuesto que los pobres también son responsabilidad nuestra. Al menos, eso creo. No entiendo esos tuits en los que la gente “sufre por los pobres”, sí, pero solo porque el gobierno los ayude. Me parece una contradicción tan hipócrita como estúpida.
“¿Qué le vamos a decir a los pobres?…” tuiteaba una chica el domingo por la noche.
“Mis hijos nos miran desconsolados a mi esposo y a mí y no sabemos qué responderles, nunca voy a olvidar esas caras”, escribió otra.
Es curioso. En 6 años nunca leí a nadie de la gente que sigo en Twitter, escribir nada acerca de lo mucho que le preocupaban los pobres. Leí muchos tuits relacionados con la inseguridad, muchísimos criticando la lucha contra el narco, pero nunca uno solo que hablara de los pobres. Al menos no con la intensidad y frecuencia con la que lo he leído del domingo a hoy.
No me malinterpreten, me parece increíble que a todos nos interesen los pobres. Les creo cuando dicen que les preocupa muchísimo su situación. Y sin duda estoy de acuerdo con que en la medida en que todos tengamos mejores oportunidades y mejores niveles de educación, este país dejará de ser uno en el que una persona vende su voto por 500 pesos y pasará a ser otro, mucho mejor, con una democracia real. Que nos preocupen los pobres, pero no sólo para que “el gobierno haga algo por ellos”, no. No sólo para arengar a la gente en contra del “tirano que se robó las elecciones”, no, que nos preocupen, pero que nos ocupen, también.
Porque sí, son nuestra responsabilidad. Y sí, claro que podemos hacer algo. Todos. Cada uno de nosotros, en mayor o menor medida. Ayer escribía al respecto en Twitter y alguien me dijo que debería hacerlo en el blog, así que nada, aquí estoy, extendiéndome más allá de los 140 caracteres y esperando que tú leas esto y que de alguna manera te haga sentido lo que escribo, te mueva y te impulse a hacer algo por ellos, por uno, por muchos, si te es posible.
Ayer ponía como ejemplo a las personas que se dedican a la servidumbre en nuestras casas, o en las casas de amigos y familiares. Ellos, ellas, son pobres. Muy pobres. Porque si piensas que con el dinero que les pagas por trabajar en tu casa de sol a sol les puede alcanzar para aspirar a una vida increíble, te equivocas. En su inmensa mayoría, una “muchacha”, como solemos llamarles, no puede aspirar a otra cosa en su vida que ser eso: una “muchacha”. A vivir de lunes a sábado (o viernes, en el mejor de los casos) en una casa que no es la suya, atendiendo a una familia que tampoco es la suya, para poder, con el dinero que gana, mantener a la suya, que casi nunca ve.
Hablaré un poco de Ernestina, la señora que nos ayuda en mi casa, y de su familia.
Ernestina llegó a nuestra vida hace 9 años. Madre de 4 hijos, esposa golpeada y abandonada por un marido alcohólico. Decidimos darle el trabajo porque se veía honesta, decente y, sobre todo, desesperada. Llegó a casa con la cara todavía con los “recuerdos” de la última golpiza de su marido y al borde de la desnutrición, literalmente. Ernestina rentaba un cuarto, por 2,500 pesos, en el que vivía con sus hijos, la esposa de uno de ellos y un nieto. Le urgía trabajar para que no la corrieran de ahí, porque no tenía a donde ir.
No describo todo lo anterior para quedar como “su salvador” ni mucho menos, pero sí para tratar de demostrar, de alguna manera, que sí podemos hacer algo por los pobres.
Poco a poco, como hemos podido, la hemos ido ayudando. A ella y, lo digo con mucho orgullo, a su familia. Nunca regalándoles las cosas, pero sí dándoles oportunidades. Oportunidades a las que, por cierto, siempre han ido respondiendo increíblemente. Primero, a ella, con un trabajo digno y muy bien pagado, comparado con los estándares de lo que gana una “muchacha”. Recuerdo todavía a amigas de mi mujer diciéndole “¿¿te cae que le pagas eso??, noo, pues con razón nunca se te va…” y ojo, no es que le paguemos un dineral, es simplemente que valoramos mucho su trabajo y nos preocupa que le vaya mejor. Tratamos de aumentarle el sueldo cuando se puede y de que vea que, si trabaja bien, su situación puede mejorar. Nada más. Gracias a su sueldo y prestaciones, Ernestina ha podido mudarse a una casa más grande y, si Dios quiere, pronto estaremos usando mi crédito del Infonavit (porque ellas, las “muchachas”, no tienen, a menos que su patrón decida inscribirlas, cosa que NADIE o muy pocos hacen) para que Ernestina pueda comprar un departamentito, propio, en una mejor zona. Con el tiempo, cuando pudimos, le dimos trabajo a uno de sus hijos, que ha resultado una maravilla. Leal, comprometido, inteligente, Asención, casado y con dos hijos, tiene un terreno en el que él mismo está construyendo su casa. Cuando se atora y podemos, le prestamos dinero, por ejemplo, para colar una loza o para comprar material. Le estaremos pagando un curso para que aprenda a manejar y, pronto, comprarse un coche. El está muy agradecido y cada vez que le prestamos dinero lo devuelve íntegramente, semana con semana. Así llegó también Celia, la hermana de Ernestina. Madre de 8 hijos, ella trabaja de entrada por salida y, obviamente, su sueldo no le alcanza, es prácticamente imposible y se atora muy seguido con el dinero. Cuando eso sucede le adelantamos sueldos o le prestamos y, también, lo paga puntualmente, sin un solo atraso.
La hija más chica de Ernestina, Elena se acaba de graduar de prepa, en una escuela particular que su mamá le pudo pagar con mucho esfuerzo. Desafortunadamente, también acaba de tener a su primer bebé. Digo “desafortunadamente” porque eso es algo que también les sucede muy seguido: se embarazan muy jóvenes, se quedan solas y tienen que sacar adelante a uno, dos u ocho niños y eso les complica mucho más la vida. Espero que Elena pueda ser una excepción.
Ernestina y su familia son ya parte de nuestra familia. Mis hijos la quieren muchísimo y ella a ellos. Yo siento que su familia también es mi responsabilidad. Por eso, me he dado a la tarea de comprarle un seguro, porque sé que si algo le pasa, Dios no lo quiera, tendré que ser yo quien la ayude. Entre otras cosas, porque no tiene a nadie más. Espero en verdad poder comprarle pronto un departamento, que por supuesto haré que me vaya pagando, para que cuando se retire pueda tener algo suyo, aunque sea pequeño, que le muestre que trabajó tantos años por algo.
No escribo acerca de Ernestina y su familia para quedar como “héroe” ni mucho menos, al contrario. Siento que es mucho más lo que debería estar haciendo por ellos y, en la medida que pueda, lo haré. Pero me da mucho orgullo ver que una familia que estaba en una situación de extrema pobreza, hoy ha salido adelante y puede aspirar a un futuro mejor.
¿Ernestina es responsabilidad del gobierno?
Sí. Pero también mía. Como la gente de servicio que trabaja contigo, en tu casa, en tu trabajo, o donde sea, es también responsabilidad tuya. Si cada familia de los que “sí tenemos”, aunque no sea mucho, se ocupa de ayudar a una familia de los que “no tienen”, este país empezará a cambiar, y mucho. La pregunta es qué tan comprometidos estamos, qué tanto nos interesa, qué tanto nos preocupa, más allá del Twitter.
Y no hablo solamente de “las muchachas”, ni tampoco de “darles dinero o trabajo”. Hablo de ocuparnos, de interesarnos.
¿Qué tan seguido hablas con la gente de servicio?, ¿sabes qué les preocupa, qué les interesa?, ¿qué quisieran hacer?
¿Te preocupas por tratar bien al señor que te lava el auto?, ¿sabes dónde vive?, ¿si necesita algo?
El poli que cuida tu oficina, ¿sabes si no tiene algún talento escondido que quiera explotar?, yo conocí a uno, cuando trabajaba en DDB, que resultó ser un ilustrador increíble. Nos pidió permiso para “practicar” en la agencia y lo único que hacíamos era prestarle papel y lápices y dejarlo ver algunos libros. Un día, de la nada, me regaló un busto de mí mismo que hasta el día de hoy conservo en la agencia y que me recuerda, más allá de lo mucho que todos se burlan de mí al verlo, que cualquier persona puede tener un talento y que hay que apoyarlos a todos.
Podría seguir escribiendo de mucha gente que conozco y que tiene historias como éstas: un poli de mi fraccionamiento que me pidió dinero prestado para “sacar a su hijo de las drogas”, Manuel, nuestro mozo oaxaqueño en ( anónimo ), que apenas aprendió a hablar español y que tuvo un problema terrible con su hijo recién nacido sin tener a quién acudir más que a nosotros, Esme, que se tarda 3 horas diarias en llegar a la oficina desde su casa y que es siempre la primera en llegar, que empezó siendo la chica de limpieza y que hoy es la mejor mesera-administradora-cocinera-recepcionista que podríamos tener, en fin. Ejemplos hay muchos. Te aseguro que si te pones a pensar, encontrarás muchos en tu vida también. Tal vez también ya ayudes a muchos, lo cuál sería increíble y te felicito, pero si no, te invito a que les prestes más atención y, sobre todo, a que te comprometas. Son muchos los pobres y sin duda es complicado y no es solo “nuestra responsabilidad” sacarlos adelante, pero sí es mucho lo que podemos hacer y si lo hacemos, quiero pensar que les estaremos enseñando a ellos a hacerlo también con otros más pobres y a esos con otros más pobres y quien sabe, tal vez así estemos creando un círculo virtuoso que haga lo que ni López Obrador, ni Peña Nieto, ni el mejor Presidente del mundo pueden hacer por sí solos.
Uno que tiene, ayudando a uno que no. Esa es la fórmula. Es simple y depende de nosotros.
Llámame ingenuo. Llámame idealista. Pero prefiero pensar que así es. Los pobres nos necesitan. Y nosotros necesitamos que los pobres dejen de serlo.
Bueno, regular o malo, este país tiene y tendrá siempre un solo Presidente. Pero también nos tiene a nosotros, que somos muchos más.
Escribo esto justo a un mes de las elecciones. Dentro de un mes, los mexicanos estaremos votando por él o la que será nuestro próximo Presidente. No quiero escribir de preferencias, ni de “por quién voy a votar” o por qué tú deberías votar por “tal o cuál candidato”, no. Me confieso inexperto en el tema, como la inmensa mayoría de los mexicanos y, al menos hasta hoy, muy confundido también. He estado leyendo todo lo que puedo, escuchando opiniones, críticas, consejos, en fin. He escuchado y hablado con mucha gente y toda pareciera tener la verdad absoluta. Todos en este país parecemos, de la noche a la mañana, expertos en política, calificados para asegurar que nuestro punto de vista es el bueno y que el futuro del país será mejor si gana el candidato en el que nosotros creemos y muy malo, de hecho pésimo, si gana aquél al que odiamos. Y es que, salvo tu mejor opinión, este proceso se ha convertido en eso: Gente convenciendo a gente, gente asegurando que “sabe”, gente burlándose de los que piensan distinto, en fin. Confieso que yo mismo he sido parte del juego. He discutido, me he burlado, he descalificado a otros porque no piensan como yo, cuando ni siquiera estoy seguro de a quién le creo. Y es que es inevitable participar del proceso. Todos queremos hacerlo y está bien. Está muy bien que todos opinemos, que nos calentemos, que discutamos. Está perfecto que algunos piensen una cosa y otros otra y que, a diferencia de lo que vimos en televisión hace unas semanas, se debata, se discuta, se defienda aquello en lo que se cree. Está muy bien que la gente se involucre. Yo nunca había visto a la gente tan involucrada en un proceso electoral en este país y eso me parece una buena señal.
Y es de eso de lo que quiero hablar. De todos nosotros. De la gente.
Quién va a ganar la elección, no lo sé. Quién es el mejor, o el menos peor, como muchos decimos, tampoco. Lo que sí sé, porque lo veo, es que nuestro país está cambiando. Puede ser que se deba a las redes sociales, o al hartazgo de la gente con los medios masivos y su eterna manipulación. Puede ser que sea el “anti priísmo”, el “anti pejísmo” o el temor a la guerra contra el narco que ha desatado el PAN, no lo sé. No soy sociólogo ni sé de qué se trate, pero lo que es un hecho, es que México es otro. Y eso, independientemente de quién nos acabe gobernando, está increíble. Espero que esta vez no sea tan fácil que quien sea que gane haga lo que se le pegue la gana. No será tan fácil no cumplir todas esas cosas que ahora los 3 prometen, aunque confieso que muchas parecen no ser sino las típicas promesas de cada seis años. La diferencia es que la gente está más involucrada y que, creo, exigirá mucho más. Y es que nuestro país está cambiando, impulsado por los jóvenes. Tal vez no del todo aun, tal vez no tanto como quisiéramos, pero lo están haciendo. Opinando, exigiendo, manifestándose, dejando claro que tienen una voz y que las cosas no van a ser tan fáciles.
Hoy los jóvenes tienen otra mentalidad, otra manera de ver las cosas, de abordar los problemas y, por supuesto, de aceptar o no lo que no les parece. Hoy los jóvenes ven y creen en un México distinto, porque se ven distintos a sí mismos. Algunos ejemplos: los jóvenes, hoy, ganaron por primera vez un torneo de fútbol al que México es invitado hace años en Toulon, Francia y en el que nunca habíamos pasado de ser eso, “invitados”. Los jóvenes nos han dado ya dos campeonatos mundiales. Los jóvenes nos demostraron que, seas de la Ibero, el Poli, la UNAM, el Tec o la Anáhuac, no importa, como tampoco importa si llegas a la universidad en auto, metro o camión, lo que importa es que te expreses, que opines, que participes activamente y que demuestres que estás interesado en lo que sucede en tu país y, sobre todo, en cambiarlo.
Hace un par de semanas fui testigo de otro movimiento generado por jóvenes: Una fundación creada para ayudar a niños de escasos recursos a llevar una vida más digna pero, sobre todo, más feliz. Esta fundación, “Corazones Cruzados”, no fue creada por empresarios, ni por esposas de políticos intentando “lavar sus culpas”. Fue creada por un grupo de chavos, todos menores de 20, que quieren vivir en un país mejor y que están conscientes de que son ellos quienes lo tienen que construir.
No quiero pecar de optimista excesivo, no. Como tú, estoy preocupado de lo que pueda pasar dentro de un mes. Como tú, estoy pensando mi voto y, como tú, estoy convencido de que “lo que yo pienso es lo que está bien y lo que sería mejor para el país”, pero también estoy consciente de que es bastante probable que no gane la elección quien yo quiero que la gane y eso me asusta. No hace mucho tiempo decidí independizarme y arrancar mi propio negocio y por supuesto que la incertidumbre me preocupa, porque no soy un empresario consumado ni experimentado. Pero como tú, quiero lo mejor para México, para mí, para mi familia y para toda la gente que quiero. Creo que, independientemente de por quién vayas a votar tú o por quién vaya a hacerlo yo, eso nos une, nos marca un rumbo parecido, sin importar qué candidato nos parezca mejor. Y creo, sobre todo, que independientemente de quien gane el 1 de julio, los mexicanos estamos descubriendo algo que nos puede dejar más tranquilos: y es que todos nos estamos dando cuenta, poco a poco, de que nuestra opinión vale y de que si queremos que México mejore, el cambio lo habremos de gestar nosotros y no quien se ponga la banda.
Como tú, estoy nervioso, pero también muy orgulloso de mi país y de sus jóvenes. Muy orgulloso de lo que se está gestando, aunque mi candidato gane o no. Y como tú, me levanto todos los días convencido de que, independientemente de las trabas, la corrupción y de todo lo malo que ocurre en nuestro país, de mí depende dar mi 100% para construir un México mejor. Y si tú, yo, los que van a votar por Peña Nieto, por López Obrador o por Josefina estamos de acuerdo en eso, lograremos que nos vaya mejor.
Trabajo en publicidad. O en comunicación, prefiero pensar. Mi trabajo consiste en recibir información de mis clientes, de sus marcas, y generar entonces ideas para las mismas. Ideas que ayuden a sus negocios. Ideas que, en un mundo tan tremendamente competido como el que vivimos, ayuden a sus marcas a diferenciarse del resto, a ocupar un lugar privilegiado en la mente de la gente. En eso consiste mi trabajo, y lo amo. Lo amo, entre otras cosas, porque me exige conocer a la gente, entenderla, saber cómo hablarle, qué decirle, respetar su inteligencia. Siempre he pensado que la “publicidad” debe, como cualquier otra industria, mejorar en algo la vida de la gente, no estorbarla, no interrumpirla con mensajes anodinos e irrelevantes ni repetirle los mismos mensajes “correctos” que ha visto millones de veces desde hace muchos años.
Hablo de marcas y no de “productos” porque pienso que entre un término y otro existe toda la diferencia del mundo. Los “productos” pueden ser idénticos, iguales entre sí, pero las marcas no. Las marcas hacen toda la diferencia del mundo y es ahí donde está lo lindo de mi trabajo: en que las marcas que manejo enamoren a la gente para que las prefiera, para que esté dispuesta a esperar, a no comprar “otras”, a pagar más, por una marca que “adoran”. Una marca, no un producto.
Y todo eso, se basa en las ideas. En tener ideas.
Todo mundo tiene ideas. El problema, es que unas son mejores, mucho mejores que otras y no todo mundo lo reconoce. No todo mundo lo sabe o, lo que es peor, no todo mundo está dispuesto a aceptarlo. Las ideas, en publicidad, son algo intangible, difícil de medir, al menos en la etapa en la que se presentan, en una etapa en la que no se producen todavía. Hay ideas malas que pueden parecer buenas, e ideas buenas que, de entrada, pueden no parecerlo tanto. El tema es saber encontrarlas.
“¿Cómo sabes cuando una idea es buena?”, me preguntaron una vez en una entrevista.
“Una idea es buena, cuando te da miedo la primera vez que la ves”, respondí. “Cuando, de entrada, te hace sentir incómodo. Cuando no sabes si deberías o no aprobarla. Esa es con toda seguridad una idea distinta. Una buena idea”
Y es que son ésas, las ideas que “no estabas esperando”, las que realmente pueden hacer una diferencia. Las que se cuestionan más, a las que más “peros” se les ponen, las que lucen más complicadas, más “arriesgadas”. Pero en mi trabajo, como en la vida, son ésas las ideas que vale la pena perseguir. Si no tomas ningún riesgo, estás tomando, sin saberlo, el riesgo más grande de todos: el riesgo de ser un mediocre, el riesgo de no trascender. El riesgo de obtener resultados “esperados”.
Las peores ideas son las “correctas”, precisamente porque te dejan tranquilo, porque te hacen “quedar bien”, “cumplir”. Las peores ideas son aquéllas a las que no parece haber “nada que cuestionarles”, pero eso es precisamente porque no aportan nada nuevo, nada distinto, aunque tú en principio puedas no darte cuenta. Esas ideas las puede tener cualquiera.
Ésas, las “ideas correctas” te engañan y te pueden privar de trascender. Y a todos se nos cruzan en la vida.
“Uff, ya tenemos la idea, listo, vámonos a descansar”
“Esa idea nadie la va a cuestionar y, después de todo, mi promoción y mi aumento se acercan”
“Es buena idea casarme con él, es decente, lindo y le va bien. Ok, no me fascina, pero con el tiempo estoy segura de que me llegaré a enamorar más “
“Al director le va a encantar, es justo lo que está esperando”
Un ejemplo más:
Hace 4 años tuve la idea de renunciar a un trabajo increíble en una agencia increíble para independizarme y fundar mi propia agencia. Una agencia más pequeña, más contenida, en la que no tuviera que responder a nadie, en la que pudiera elegir con qué clientes trabajar y con cuáles no. Durante meses, la idea me sedujo, me taladró la cabeza pero, sobre todo, me dio miedo. Era Presidente de una compañía respetada, prestigiosa, multinacional, en la que los clientes me adoraban, en la que me iba increíble, en la que me podía quedar toda la vida, en la que estaba muy cómodo, en la que estaba todo bien. Todo, excepto que no quería estar cómodo. Quería cambiar. Porque el cambio, pienso, es una constante necesaria en el ser humano. Porque como ser humano es necesario evolucionar para ser feliz.
Le conté la idea a algunos amigos, se la conté a mi padre. Y a varios les dio miedo por mí. Porque se preocupaban por mí.
Después de todo, yo vivía en una idea correcta: el cheque, el bono, la posición regional, los viajes, el respaldo. Esa idea sonaba “bien”. Pero ya no me atraía. Me hacía sentir estancado en lo profesional y, por ende, en lo personal. Así que opté por hacer lo que tal vez 9 de cada 10 no hubieran hecho, por comodidad, por miedo o porque pensarían que yo soy un estúpido. Perseguí esa idea que tanto miedo me daba y así nació ( anónimo ). Hoy, casi 3 años después esaidea ya no me da miedo. Me da orgullo, satisfacción, alegría y, sobre todo, me inyecta la suficiente energía y pasión para levantarme a trabajar todos los días, para transformarme, para ser mejor, para trascender. Hoy, esa idea le da de comer a cerca de 50 personas y en muchos casos a sus respectivas familias, siendo acaso eso lo único que me sigue dando algo de miedo: lograr que a todas esas personas que también creen en la idea, les vaya mejor.
La idea que te da miedo vs la idea correcta.
La vida, no sólo la publicidad, está llena de eso. Y pienso que todos, en cualquier cosa que hagamos, tenemos una obligación con las ideas. Con las buenas ideas, con las que dan miedo. Porque son esas las que cambian las cosas. Y vaya que en nuestro país, como en nuestras vidas, necesitamos cambios. Todos necesitamos arriesgarnos más. Todos necesitamos confiar más, creer más.
Es mediocre no darle cabida a las ideas que nos dan miedo. Es terrible no apoyarlas. Es irresponsable no escucharlas con atención, es un crimen matarlas porque sí. No arriesgar es la postura más idiota que existe. En el trabajo, con la pareja, en la vida.
Pienso que la industria en la que trabajo es mediocre porque las ideas que se aprueban son “correctas”. Estoy convencido de que nuestro país no avanza, porque la inmensa mayoría de las ideas que se tienen, o al menos que se apoyan, son “correctas”. Pienso que las parejas, los matrimonios, las familias, se deshacen, porque sus relaciones “estánbien”, porque son “correctas”.
Todo es correcto. Nadie se arriesga.
Clientes que “retan” a sus agencias a generarles trabajo “súper creativo y diferenciador” pero que después las orillan a hacer comerciales iguales a otros “porque funcionan”.
Agencias que “defienden” la postura de hacer trabajo diferente pero que después escriben comerciales mediocres y “safe” para ganar un concurso o mantener a un cliente.
Hombres que se casan con mujeres “decentes” , de “buena familia” y que serán “buenasmamás” pero que después se aburren de esas relaciones y prefieren salir a buscar “nuevas experiencias”.
Mujeres que se casan con “tipos exitosos” y “guapos” con los que se llevan “bien” pero que después no soportan y son incapaces de dejar.
Políticos que prometen todo lo que la gente quiere escuchar para después dedicarse a robar.
Todas ésas, son ideas correctas. Son las ideas que todo mundo tiene. Porque es fácil tenerlas. Y son esas ideas correctas, las que no nos dejan avanzar. Como individuos, como pareja, como sociedad, como país. Son ésas las ideas que tienen a México donde está.
Y tú, yo, todos podemos seguir así. O podemos empezar a tener más miedo. Podemos empezar a arriesgar más y ver qué pasa.
Pasado mañana estaremos ya en el 2012. E independientemente de los propósitos que nos hagamos o no, o de que los cumplamos o no, hay algo que los mexicanos tendremos que hacer: elegir, como cada seis años, a un nuevo presidente.
Hasta que eso ocurra, en junio, seremos bombardeados, como cada seis años, con las mismas promesas, las mismas “soluciones”, las mismas propuestas. Ahora sí, el que venga, cualquiera que sea, “acabará con la inseguridad”, “creará empleos”, “elevará los salarios, bajará los impuestos y, entre muchas otras maravillas, llevará a nuestro México “al lugar que se merece en el ámbito internacional”.
Cada seis años, lo mismo. Y después, con el nuevo Presidente, lo mismo.
Confieso que yo soy de los que creían. Soy de los que, desde que tengo conciencia, han votado por las opciones que, creía, representarían “un cambio”, las opciones que “harían que todo mejore”. En su momento voté por Fox, lleno de esperanza, como muchos otros. El resultado todos lo vimos. Y lo vivímos.
Y ahora, dos sexenios después, aquí estamos otra vez. No tiene caso ni es el tema hablar de las preferencias políticas de cada quien, si es que las tienen, porque desde que se destaparon los precandidatos, candidatos o candidatos de siempre, lo único que yo he escuchado, hablando con gente de todo tipo y de todos los estratos sociales es que esta vez “no hay ni a cuál irle”. Habrá quien sepa ya por quién va a votar y habrá quien, como yo, no tenga ni idea de qué hacer, pero lo que sí es un hecho, de lo que yo sí estoy convencido, es de que no importa quién sea nuestro próximo presidente, no importa que sea más o menos corrupto, más o menos ligado al narco o más o menos “culto”, no será él, ni la gente que lo acompañe, quienes cambien a este país.
Como yo veo las cosas, el Presidente no es sino el “administrador en turno”, el que durante seis años tiene frente a sí la oportunidad de acumular poder y dinero a costa de los millones que vivímos en este país. No importa el partido, no importa si quiere una república más o menos amorosa o si su matrimonio es una telenovela fabricada para ganar votos, el “Presidente” no va a cambiar a México. No.
A México, creo, lo vamos a cambiar nosotros. Todos nosotros. La fórmula es simple: hay que dejar de quejarnos, dejar de esperar que otros hagan las cosas, dejar de creer que “el presidente en turno sí va a ser bueno”, porque no es así, no va a ser así. Lo hemos visto ocurrir una y otra y otra vez.
Hay que construir, generar, ser los mejores en lo que hacemos y hacer que otros, los que nos rodean, aquéllos en quienes podemos influir, lo sean también: nuestras familias, nuestros amigos, la gente que trabaja con nosotros, todos. Es eso lo que, poco a poco, va a cambiar a este país.
Que es muy complicado, sin duda. Que vivimos en un país lleno de trabas, en el que cualquiera que quiere salir adelante y generar cosas mejores tiene que luchar contra miles de obstáculos, sin duda. Pero también sin duda debemos ser uno de los pueblos que más pretextos pone a su mediocridad y que más bajos se traza los objetivos para justificar que aquí no se puede salir adelante.
¿Un ejemplo?, tomemos a nuestra selección nacional en los mundiales de fútbol. ¿Nuestro objetivo?, el quinto partido. Mediocres. El quinto partido representa no haber ganado nada. Así somos en México: esperamos a que “los otros hagan” y, si acaso, a jugar “los quintos partidos”. Es tiempo de cambiar. Es tiempo de que cada uno de nosotros se responsabilice de lo que hace y de hacerlo de la mejor manera posible. Es tiempo de que dejemos de estacionarnos en lugares para discapacitados “porque quedan más cerca”. Tiempo de que dejemos de meternos en sentido contrario, de dar mordidas, de conformarnos con jugar los quintos partidos para empezar a jugar finales, a ser mejores, a darle oportunidades a los jóvenes. Es tiempo de que pensemos que podemos ser los mejores, de que nos convenzamos de que México será un gran país en la medida en la que los mexicanos seamos grandes personas, en todos sentidos.
No, eso no lo va a hacer un presidente. No lo va a hacer un político. Seamos honestos, ¿en verdad creen que una persona inteligente, madura, honesta, firme, con convicciones, quisiera ser presidente de este país?…a mí me cuesta trabajo creerlo. No porque dude de que en México existan personas así, sino porque dudo muchísimo que existan en la política.
Así que dejemos que los políticos nombren a su “presidente”, dejemos que sigan con sus promesas, sus discursos y sus estupideces y nombremos nosotros a los verdaderos presidentes de México, a los que sí lo van a cambiar. Nombrémonos Presidentes a nosotros mismos. Es así, solo así, que lograremos tener al México que nos merecemos.
“Ya déjalo así, que no llego al fut”, le dije a Alfonso, mientras terminaba de encerarme el auto.
“Aguánteme 5 minutos”, me contestó sin dudar mientras le daba los últimos toques, “si no se lo dejo como nuevo no me vuelve a contratar ¿y luego?…”
“Tienes razón, espero”.
“Mi chamba puede no ser tan importante”, terminó Alfonso, “pero eso no quita que no tenga que ser el mejor en lo que hago”.
Y sí, lo es. Hace casi 15 años que lo conozco. Recuerdo que me lo recomendaron como “el tipo que mejor encera los autos”. Lo llamé, nos pusimos de acuerdo y llegó a mi casa un sábado a las 7 de la mañana. Desde que lo conocí supe que era un tipo decente, honesto y trabajador. De esas personas que te vibran bien con solo verlas. Le dejé las llaves y recuerdo haberme sorprendido con lo mucho que se tardó. Eso, hasta que ví como había quedado mi auto. Literalmente, como nuevo. Motor, vestiduras, cajuela, visagras, faros, llantas, rines, todo. No había dejado detalle sin atender. Desde entonces, hace casi 15 años, no es necesario que yo recuerde cuando les toca su encerada a los autos. Alfonso me llama puntualmente cada 6 meses, “agenda su cita” y viene a casa a dejarlos como nuevos. Se lo he recomendado a muchísima gente y creo que nunca recibí tantos agradecimientos como cuando ven el resultado.
Su mejor “publicidad”, como le digo yo, es su propio auto. Un Golf modelo 1990, rojo, que mantiene impecable.
“Tienes que mostrárselo a todos tus clientes”, le dije hace tiempo, “este auto es la mejor prueba de lo bien que haces tu trabajo”.
“Claro”, me dijo, “y de que cobro barato, porque no me alcanza para comprarme uno nuevo”.
Desde hace un par de años, Alfonso viene a casa con su hijo, a quien le está “enseñando el negocio” y que seguramente será el mejor, una vez que su padre se retire. Cuando terminan, Alfonso no se va sin asegurarse de mostrarme el resultado. Abre el cofre, me muestra el motor, después la cajuela, se asegura de que vea cada detalle, las visagras, la alfombra, para después pasar a la lámina, las llantas, los rines y, por último, el interior, vestiduras, tablero, tapetes, en fin. Venimos haciendo exactamente lo mismo desde hace años, aunque ya lo conozco y no necesita probarme nada. Para él es muy importante mostrarme que todo ha quedado bien. Se apena muchísimo cuando, una vez cada dos años, más o menos, me dice que “ya me va a tener que cobrar más porque los materiales han subido de precio”, como si pagar más por un trabajo tan bien hecho no fuera justo.
Para mí Alfonso es un ser humano excepcional y un mexicano ejemplar. Un tipo que encera autos, pero que se ha fijado como objetivo ser el mejor en lo que hace y, al menos en mi opinión, lo es. Una de esas personas que da gusto conocer y a las que da gusto poder dar trabajo, ayudar.
“Mi chamba puede no ser tan importante, pero eso no quita que no tenga que ser el mejor en lo que hago”.
Desde que me lo dijo, me quedé pensando mucho en eso y en cuanta razón tiene en abordar así su trabajo. He escrito algunas cosas que señalan lo mal que está nuestro país: la gente que se estaciona en lugares para discapacitados sin importarle nada, la prepotencia, la corrupción, la terrible falta de educación que en mi opinión es donde empieza el problema, en fin. Hace poco también escribí acerca del “otro México”, ese en el que abundan las buenas personas, ese que vale la pena señalar, no olvidar. Ese en el que abundan los “Alfonsos”. Esos que tanto necesita nuestro país.
Tú, que estás leyendo esto, ¿en verdad te esfuerzas cada día por ser el mejor en lo que haces?, ojalá y sí y, si es así, te felicito y te lo agradezco. Pero si no, si eres de los muchos que se dejan llevar por el “día a día” y que piensan que el trabajo es eso, trabajo, te invito a que recapacites, te enfoques y te propongas hacerlo mejor, porque no importa cuál sea tu trabajo, todos son importantes y todos sirven para algo.
Escribo esto porque he pensado mucho, seguramente igual que tú, en lo mal que estamos y en lo “poco” que podemos hacer: que si “es culpa del gobierno”, que si “Calderón agitó el avispero”, que si “todos son unos corruptos”, en fin. La verdad es que cuesta trabajo, desde la posición del “ciudadano común” tratar de influír en algo y aportar alguna idea que ayude a México. Lo fácil es criticar y no hacer nada, porque nosotros “no podemos hacer nada”. Pienso que estamos equivocados. Pienso que sí podemos hacer algo y me doy cuenta de que Alfonso, el tipo que me encera los autos, tiene una gran idea que sí puede ayudar a México y hacer que las cosas cambien. Esa idea es que todos nos esforcemos todos los días por ser los mejores en lo que hacemos, aunque nuestra chamba “no sea tan importante”. Mejores tipos encerando autos, mejores meseros, mejores polis, mejores médicos, mejores ingenieros, mejores publicistas, mejores madres y padres, mejores amigos, mejores jefes, en fin. Todos tenemos que esforzarnos por ser los mejores. Yo estoy muy lejos de serlo pero como Alfonso, intento trabajar todos los días para lograrlo y espero algún día poderlo ser. Me equivoco mucho más de lo que acierto, pero lo intento y lo seguiré intentando. Si lo haces tú también, si lo hacemos todos, estaremos construyendo un mejor país, independientemente de que nuestro gobierno intente también hacerlo mejor o de que a nosotros “no nos toque” tomar las decisiones que toma Calderón. Es esa nuestra parte: ser los mejores en lo que hacemos.
Todos conocemos de sobra el desastre de país en el que estamos viviendo. La inseguridad, los asaltos, balaceras, corrupción, en fin. Las noticias, las pláticas de café, las comidas, los periódicos, las redes sociales, un sinfin de cosas nos lo recuerdan a diario, al grado que se vuelve complicado explicarnos a nosotros mismos, ya no digamos a nuestros hijos, por qué vivimos en este país.
Por eso, hoy quiero escribir un poco acerca del otro México. Ese que existe también, pero que cada vez se vuelve más difícil ver.
Quiero empezar por algo que me sucedió hace unos meses cuando, manejando de vuelta a casa, me quedé atorado en medio de un accidente en la carretera que lleva de Toluca a la Zona Esmeralda. Un camión se volcó en medio de la carretera haciendo imposible avanzar. Al darnos cuenta de lo que estaba sucediendo, los que estábamos ahí apagamos los autos y esperamos, literalmente, un par de horas sin movernos.
“Pinche camión de mierda”, fue lo primero que pensé. “En esta pinche ciudad es imposible moverse, maldito tráfico infernal”.
Pasado el coraje inicial, hice lo único que podía hacer en medio del desastre: me puse a tuitear. A contar mi desgracia en Twitter. Eran las 11 de la noche y, al cabo de unos minutos, empecé a recibir palabras de aliento de gente. Consejos de gente que había pasado por lo mismo (en esta ciudad, ¿quién no ha pasado por lo mismo?), chistes, o gente que simplemente me platicaba para hacer más llevadero el tiempo. Mexicanos que, en la mayoría de los casos no conozco siquiera personalmente. Las dos horas se me fueron como agua. Podría decir que hasta me divertí. Fue como haber estado en una especie de “reunión virtual”. Una experiencia increíble.
“Que a toda madre somos los pinches mexicanos”, recuerdo haber pensado entonces.
Hace un mes, viví otra experiencia mucho más dolorosa. Un buen amigo estaba en el hospital, muy grave, a punto de ser operado y necesitaba sangre. Se me ocurrió mandar un tweet pidiendo ayuda. Increíble. En cuestión de segundos me empezaron a llegar respuestas de gente dispuesta a donar: preguntando qué se necesitaba, a dónde había que ir, retuiteando mi mensaje, de nuevo mandando mensajes de aliento, en fin.
Desafortunadamente, mi amigo murió por una complicación y, al día siguiente, fueron más los mensajes de gente dándome el pésame y de nuevo, escribiendo palabras de aliento. De nuevo, en muchos casos, gente que no conozco. Gente dispuesta a ayudar y a hacerme sentir mejor, solo porque sí. Porque está bien.
No sé si en todo el mundo pase lo mismo. Quisiera pensar que sí.
Lo que sí sé, es que los mexicanos sí somos “a toda madre”, como pensaba aquella vez en la carretera, parado en medio del tráfico. Este país está lleno de gente buena y de cosas buenas. De no ser así no podríamos con lo que está pasando. Uno sale a la calle y ve gente sonriendo, trabajando, burlándose de sí misma (o de Ninel, en el peor de los casos), gente feliz. Ahora mismo escribo esto en un café y a mi alrededor la gente ríe, habla de sus planes, lo pasa bien.
Este país también está lleno de oportunidades. Somos muchos, es un mercado enorme, gigante, que le abre las puertas a gente de todo el mundo. A mí en lo personal me ha permitido tener una carrera profesional increíble, montar mi propio negocio, dar trabajo a gente talentosa y buscar crecer, aún en medio de las constantes crisis. Me ha enseñado a planear, a estar alerta, a resolver problemas y a transformarlos en oportunidades. En este país conocí a la mujer de mi vida, nacieron mis hijos y formamos una familia.
A ti, que estás leyendo esto, seguramente te ha ofrecido más o menos las mismas cosas que a mí.
Mira un poco a tu alrededor: nuestra afición por el fútbol, nuestro público en los conciertos, la manera en la que ayudamos a cualquier pueblo hermano que esté en desgracia, nuestra solidaridad ante los desastres, lo buenos anfitriones que somos, nuestros tacos, nuestras fiestas, nuestras tradiciones…
Ese es el otro México: el de Cantinflas y Chespirito. El de las playas increíbles, el del clima maravilloso, el de la cultura prehispánica, el de Diego y Frida, los museos, la buena comida, la música, los poemas, los murales, la gente que sonríe y te ayuda por la calle, los meseros que se pasan de amables, los albures, los chistes de Pepito (o de Ninel), el México que, por más que lo intenten, la corrupción, el narcotráfico y la violencia no van a poder tapar, porque sin duda los buenos somos más y porque sin duda, los mexicanos somos a toda madre y somos nosotros, tú, yo y los demás, los que vamos a llevar a este país a donde se merece estar.
Con esto no intento tapar todo lo que sucede ni hacerme (o hacerte) pendejo ante la terrible situación por la que atravesamos, sino simplemente recordarme, al menos a mí mismo mientras escribo todo esto, que de pronto vale la pena ver lo bueno, hacer una pausa, voltear a otro lado y descubrir ese otro México, el México por el que vivimos aquí.
Ese otro México vale la pena. Ese otro México es el que va a prevalecer.
Un día como hoy, hace 16 años, me convertí en “papá”.
Lo recuerdo todavía como si fuera ayer. Mi mujer se despertó de madrugada diciéndome que “algo le había caído mal” y que seguro tenía una infección intestinal. Primerizos al fin, decidimos ir al hospital a ver qué nos decía el doctor. Llamamos a mi suegra que, como buena mamá, practicamente se “teletransportó” de su casa a la nuestra y en segundos estaba ahí, lista para acompañarnos.
Lo habíamos preparado todo durante 9 meses: desde la cenefa que Diana pintó y colocó personalmente en el cuarto, hasta la cuna, el edredón, el moises, las mamilas, los pañales, la ropita, las camisetitas, lo que “ella o él” usarían al nacer, en fin. Habíamos pagado también, con muchísimo trabajo, una “suite” en el hospital para recibir a toda la gente que seguramente querría ir a conocer “al bebé”. Así que, puntuales nosotros (porque “el bebé” se había tardado 18 días más en decidirse a nacer) salimos corriendo al hospital, no sin el previo drama de la “mommy to be” al ver a una mariposa negra en la sala de la casa.
“No puede ser!!!” - me gritaba despavorida - “son de mala suerte, ¿¿¿por qué???, ¿¿¿por qué justo hoy??? - mientras yo trataba de ahuyentarla con un cojín.
Y resulta que no, las mariposas negras no son de mala suerte, sino todo lo contrario, al menos para nosotros, porque ese día, el 20 de junio de 1995, todo nos salió perfecto.
Llegamos al hospital y mi mujer y mi suegra salieron corriendo del auto para descubrir que la “infección intestinal” era más bien una dilatación de 8 centímetros y que “el bebé” estaba por nacer.
Yo no lo podía creer. Hasta ese entonces había cargado y cuidado varias veces a mis sobrinos, a quienes quería y quiero como si fueran mis hijos, pero nada, absolutamente nada me podía preparar para lo que estaba por vivir. He de confesar que durante muchos lapsos del embarazo yo idealizaba la posibilidad de tener un “varón”. Pensaba en que jugaría al fútbol con “él” y que le heredaría mi gusto por los autos antiguos y demás estupideces de ese tipo, como solemos pensar los hombres cuando nos vamos a convertir en papás. Hoy le agradezco a Dios y a la vida haberme equivocado con ese “primer bebé”.
Desde que llegó, Xime lo hizo como ha hecho todo en su vida hasta el día de hoy: fácil. De muy buena manera y sin darle problemas a nadie, ni a su mamá, que practicamente “la escupió” sin tener que hacer demasiado trabajo de parto. Un parto sencillo, fantástico, con la única rareza de que ella venía “de cara”, lo que hizo que naciera con su carita hinchada y bastante golpeada…como de boxeador después de pelear 12 rounds. Recuerdo que cuando vi su primera fotito le dije a su mamá “voy a tener que trabajar muchísimo para que la quieran por su dinero, porque por su belleza, va estar cañón…”. Otra vez, me equivoqué.
La cargué por primera vez apenas nació y sentí algo que no se parece a nada que haya sentido ni sentiré en mi vida. Me sentí lleno, completo. Entendí para qué había nacido ella, pero también para qué había nacido yo: para conocerla y para tener el enorme orgullo y privilegio de ser su papá. Sentí que mi vida como la conocía, como la había planeado, cobraba un significado mucho mayor. Ahí estaba ella, con su carita hinchada y un ojito cerrado por el parto, viéndome por primera vez, como me vería después durante mucho tiempo, cuando cada vez que yo entraba a cualquier lugar en el que ella estuviera me escuchaba y volteaba su carita buscándome para que la cargara. Si había pensado que “estaría chido que mi primer hijo fuera hombre” verla me hizo olvidarlo en exactamente medio segundo. Supe, desde ese momento, que había tenido una niña muy especial. Una niña que, hasta el día de hoy, irradia a su paso una luz que no le he conocido a ninguna otra persona. Ximena me hizo y me hace todos los días darme cuenta de que vale la pena vivir y que nada, absolutamente nada, se compara con la alegría de ser padre.
Respeto a la gente que prefiere no tener hijos. Respeto a los que dicen que “la cosa está muy mal” y que no tiene sentido seguir trayendo niños al mundo. Los respeto pero no puedo entenderlos, no después de conocer a Xime.
El tiempo se pasa volando. Apenas el sábado estuvimos en su graduación de secundaria. Vestido, tacones, “after”, del que regresó a las 8 de la mañana, en fin. Yo todavía recuerdo cuando se empeñó en disfrazarse de “Lady Marion” cuando cumplió tres años. Recuerdo a su mamá, vuelta loca, haciéndole el disfraz para que quedara idéntico. El “pony” que rentamos para que la paseara, junto a sus amiguitos, alrededor del parque. Recuerdo la primera vez que fuimos juntos a Disney, su carita, su ilusión. La primera vez que vio el mar y como se quedaba sentadita en una toalla, impecable, jugando con sus muñecas sin tocar la arena para no ensuciarse. Recuerdo que olvidó a su “bebé” en el hotel, un muñeco Cabbage Patch que le había traído Santa y por el que lloró desconsolada durante días. Recuerdo una vez en la que ganamos el premio de “la agencia del año” y la invité a subir conmigo al escenario en Acapulco para recibirlo, lo importante que se sentía y lo orgullosa que estaba. Recuerdo cada uno de los días que hemos vivido juntos desde aquél 20 de junio, hace 16 años.
Hoy celebra su cumpleaños en una comida con sus amigos. Ya no hay pastel, ni mago, ni payasos, ni la tengo que cargar para que rompa la piñata. “No está cool” que nosotros estemos ahí con sus amigos, así que no lo haremos, aunque estoy seguro de que no se enojaría si lo hiciéramos, sería incapaz de decirnos nada, porque ella jamás dice nada malo de nadie, tiene solo cosas buenas en el corazón. Lo único que hace Xime es irradiar de luz a toda la gente que la conoce. Hoy cumple 16 y me doy cuenta de que la vida me bendijo con ella, como con los tres maravillosos gángsters que llegaron después.
Siempre he pensado que a los hijos se les educa y se les enseñan valores hasta cierta edad y que, después, uno tiene que esperar haberlo hecho bien y confiar en ellos. Con Xime sin duda lo hicimos muy bien y viéndola, me doy cuenta de que le hemos hecho un gran favor al mundo al traer a una persona como ella a este lugar, porque lo hace un mejor lugar para todos.
Feliz cumpleaños mi amor. Gracias por ser quien eres y gracias por compartir tu vida con nosotros.