Trabajo en publicidad. O en comunicación, prefiero pensar. Mi trabajo consiste en recibir información de mis clientes, de sus marcas, y generar entonces ideas para las mismas. Ideas que ayuden a sus negocios. Ideas que, en un mundo tan tremendamente competido como el que vivimos, ayuden a sus marcas a diferenciarse del resto, a ocupar un lugar privilegiado en la mente de la gente. En eso consiste mi trabajo, y lo amo. Lo amo, entre otras cosas, porque me exige conocer a la gente, entenderla, saber cómo hablarle, qué decirle, respetar su inteligencia. Siempre he pensado que la “publicidad” debe, como cualquier otra industria, mejorar en algo la vida de la gente, no estorbarla, no interrumpirla con mensajes anodinos e irrelevantes ni repetirle los mismos mensajes “correctos” que ha visto millones de veces desde hace muchos años.
Hablo de marcas y no de “productos” porque pienso que entre un término y otro existe toda la diferencia del mundo. Los “productos” pueden ser idénticos, iguales entre sí, pero las marcas no. Las marcas hacen toda la diferencia del mundo y es ahí donde está lo lindo de mi trabajo: en que las marcas que manejo enamoren a la gente para que las prefiera, para que esté dispuesta a esperar, a no comprar “otras”, a pagar más, por una marca que “adoran”. Una marca, no un producto.
Y todo eso, se basa en las ideas. En tener ideas.
Todo mundo tiene ideas. El problema, es que unas son mejores, mucho mejores que otras y no todo mundo lo reconoce. No todo mundo lo sabe o, lo que es peor, no todo mundo está dispuesto a aceptarlo. Las ideas, en publicidad, son algo intangible, difícil de medir, al menos en la etapa en la que se presentan, en una etapa en la que no se producen todavía. Hay ideas malas que pueden parecer buenas, e ideas buenas que, de entrada, pueden no parecerlo tanto. El tema es saber encontrarlas.
“¿Cómo sabes cuando una idea es buena?”, me preguntaron una vez en una entrevista.
“Una idea es buena, cuando te da miedo la primera vez que la ves”, respondí. “Cuando, de entrada, te hace sentir incómodo. Cuando no sabes si deberías o no aprobarla. Esa es con toda seguridad una idea distinta. Una buena idea”
Y es que son ésas, las ideas que “no estabas esperando”, las que realmente pueden hacer una diferencia. Las que se cuestionan más, a las que más “peros” se les ponen, las que lucen más complicadas, más “arriesgadas”. Pero en mi trabajo, como en la vida, son ésas las ideas que vale la pena perseguir. Si no tomas ningún riesgo, estás tomando, sin saberlo, el riesgo más grande de todos: el riesgo de ser un mediocre, el riesgo de no trascender. El riesgo de obtener resultados “esperados”.
Las peores ideas son las “correctas”, precisamente porque te dejan tranquilo, porque te hacen “quedar bien”, “cumplir”. Las peores ideas son aquéllas a las que no parece haber “nada que cuestionarles”, pero eso es precisamente porque no aportan nada nuevo, nada distinto, aunque tú en principio puedas no darte cuenta. Esas ideas las puede tener cualquiera.
Ésas, las “ideas correctas” te engañan y te pueden privar de trascender. Y a todos se nos cruzan en la vida.
“Uff, ya tenemos la idea, listo, vámonos a descansar”
“Esa idea nadie la va a cuestionar y, después de todo, mi promoción y mi aumento se acercan”
“Es buena idea casarme con él, es decente, lindo y le va bien. Ok, no me fascina, pero con el tiempo estoy segura de que me llegaré a enamorar más “
“Al director le va a encantar, es justo lo que está esperando”
Un ejemplo más:
Hace 4 años tuve la idea de renunciar a un trabajo increíble en una agencia increíble para independizarme y fundar mi propia agencia. Una agencia más pequeña, más contenida, en la que no tuviera que responder a nadie, en la que pudiera elegir con qué clientes trabajar y con cuáles no. Durante meses, la idea me sedujo, me taladró la cabeza pero, sobre todo, me dio miedo. Era Presidente de una compañía respetada, prestigiosa, multinacional, en la que los clientes me adoraban, en la que me iba increíble, en la que me podía quedar toda la vida, en la que estaba muy cómodo, en la que estaba todo bien. Todo, excepto que no quería estar cómodo. Quería cambiar. Porque el cambio, pienso, es una constante necesaria en el ser humano. Porque como ser humano es necesario evolucionar para ser feliz.
Le conté la idea a algunos amigos, se la conté a mi padre. Y a varios les dio miedo por mí. Porque se preocupaban por mí.
Después de todo, yo vivía en una idea correcta: el cheque, el bono, la posición regional, los viajes, el respaldo. Esa idea sonaba “bien”. Pero ya no me atraía. Me hacía sentir estancado en lo profesional y, por ende, en lo personal. Así que opté por hacer lo que tal vez 9 de cada 10 no hubieran hecho, por comodidad, por miedo o porque pensarían que yo soy un estúpido. Perseguí esa idea que tanto miedo me daba y así nació ( anónimo ). Hoy, casi 3 años después esaidea ya no me da miedo. Me da orgullo, satisfacción, alegría y, sobre todo, me inyecta la suficiente energía y pasión para levantarme a trabajar todos los días, para transformarme, para ser mejor, para trascender. Hoy, esa idea le da de comer a cerca de 50 personas y en muchos casos a sus respectivas familias, siendo acaso eso lo único que me sigue dando algo de miedo: lograr que a todas esas personas que también creen en la idea, les vaya mejor.
La idea que te da miedo vs la idea correcta.
La vida, no sólo la publicidad, está llena de eso. Y pienso que todos, en cualquier cosa que hagamos, tenemos una obligación con las ideas. Con las buenas ideas, con las que dan miedo. Porque son esas las que cambian las cosas. Y vaya que en nuestro país, como en nuestras vidas, necesitamos cambios. Todos necesitamos arriesgarnos más. Todos necesitamos confiar más, creer más.
Es mediocre no darle cabida a las ideas que nos dan miedo. Es terrible no apoyarlas. Es irresponsable no escucharlas con atención, es un crimen matarlas porque sí. No arriesgar es la postura más idiota que existe. En el trabajo, con la pareja, en la vida.
Pienso que la industria en la que trabajo es mediocre porque las ideas que se aprueban son “correctas”. Estoy convencido de que nuestro país no avanza, porque la inmensa mayoría de las ideas que se tienen, o al menos que se apoyan, son “correctas”. Pienso que las parejas, los matrimonios, las familias, se deshacen, porque sus relaciones “estánbien”, porque son “correctas”.
Todo es correcto. Nadie se arriesga.
Clientes que “retan” a sus agencias a generarles trabajo “súper creativo y diferenciador” pero que después las orillan a hacer comerciales iguales a otros “porque funcionan”.
Agencias que “defienden” la postura de hacer trabajo diferente pero que después escriben comerciales mediocres y “safe” para ganar un concurso o mantener a un cliente.
Hombres que se casan con mujeres “decentes” , de “buena familia” y que serán “buenasmamás” pero que después se aburren de esas relaciones y prefieren salir a buscar “nuevas experiencias”.
Mujeres que se casan con “tipos exitosos” y “guapos” con los que se llevan “bien” pero que después no soportan y son incapaces de dejar.
Políticos que prometen todo lo que la gente quiere escuchar para después dedicarse a robar.
Todas ésas, son ideas correctas. Son las ideas que todo mundo tiene. Porque es fácil tenerlas. Y son esas ideas correctas, las que no nos dejan avanzar. Como individuos, como pareja, como sociedad, como país. Son ésas las ideas que tienen a México donde está.
Y tú, yo, todos podemos seguir así. O podemos empezar a tener más miedo. Podemos empezar a arriesgar más y ver qué pasa.
Pasado mañana estaremos ya en el 2012. E independientemente de los propósitos que nos hagamos o no, o de que los cumplamos o no, hay algo que los mexicanos tendremos que hacer: elegir, como cada seis años, a un nuevo presidente.
Hasta que eso ocurra, en junio, seremos bombardeados, como cada seis años, con las mismas promesas, las mismas “soluciones”, las mismas propuestas. Ahora sí, el que venga, cualquiera que sea, “acabará con la inseguridad”, “creará empleos”, “elevará los salarios, bajará los impuestos y, entre muchas otras maravillas, llevará a nuestro México “al lugar que se merece en el ámbito internacional”.
Cada seis años, lo mismo. Y después, con el nuevo Presidente, lo mismo.
Confieso que yo soy de los que creían. Soy de los que, desde que tengo conciencia, han votado por las opciones que, creía, representarían “un cambio”, las opciones que “harían que todo mejore”. En su momento voté por Fox, lleno de esperanza, como muchos otros. El resultado todos lo vimos. Y lo vivímos.
Y ahora, dos sexenios después, aquí estamos otra vez. No tiene caso ni es el tema hablar de las preferencias políticas de cada quien, si es que las tienen, porque desde que se destaparon los precandidatos, candidatos o candidatos de siempre, lo único que yo he escuchado, hablando con gente de todo tipo y de todos los estratos sociales es que esta vez “no hay ni a cuál irle”. Habrá quien sepa ya por quién va a votar y habrá quien, como yo, no tenga ni idea de qué hacer, pero lo que sí es un hecho, de lo que yo sí estoy convencido, es de que no importa quién sea nuestro próximo presidente, no importa que sea más o menos corrupto, más o menos ligado al narco o más o menos “culto”, no será él, ni la gente que lo acompañe, quienes cambien a este país.
Como yo veo las cosas, el Presidente no es sino el “administrador en turno”, el que durante seis años tiene frente a sí la oportunidad de acumular poder y dinero a costa de los millones que vivímos en este país. No importa el partido, no importa si quiere una república más o menos amorosa o si su matrimonio es una telenovela fabricada para ganar votos, el “Presidente” no va a cambiar a México. No.
A México, creo, lo vamos a cambiar nosotros. Todos nosotros. La fórmula es simple: hay que dejar de quejarnos, dejar de esperar que otros hagan las cosas, dejar de creer que “el presidente en turno sí va a ser bueno”, porque no es así, no va a ser así. Lo hemos visto ocurrir una y otra y otra vez.
Hay que construir, generar, ser los mejores en lo que hacemos y hacer que otros, los que nos rodean, aquéllos en quienes podemos influir, lo sean también: nuestras familias, nuestros amigos, la gente que trabaja con nosotros, todos. Es eso lo que, poco a poco, va a cambiar a este país.
Que es muy complicado, sin duda. Que vivimos en un país lleno de trabas, en el que cualquiera que quiere salir adelante y generar cosas mejores tiene que luchar contra miles de obstáculos, sin duda. Pero también sin duda debemos ser uno de los pueblos que más pretextos pone a su mediocridad y que más bajos se traza los objetivos para justificar que aquí no se puede salir adelante.
¿Un ejemplo?, tomemos a nuestra selección nacional en los mundiales de fútbol. ¿Nuestro objetivo?, el quinto partido. Mediocres. El quinto partido representa no haber ganado nada. Así somos en México: esperamos a que “los otros hagan” y, si acaso, a jugar “los quintos partidos”. Es tiempo de cambiar. Es tiempo de que cada uno de nosotros se responsabilice de lo que hace y de hacerlo de la mejor manera posible. Es tiempo de que dejemos de estacionarnos en lugares para discapacitados “porque quedan más cerca”. Tiempo de que dejemos de meternos en sentido contrario, de dar mordidas, de conformarnos con jugar los quintos partidos para empezar a jugar finales, a ser mejores, a darle oportunidades a los jóvenes. Es tiempo de que pensemos que podemos ser los mejores, de que nos convenzamos de que México será un gran país en la medida en la que los mexicanos seamos grandes personas, en todos sentidos.
No, eso no lo va a hacer un presidente. No lo va a hacer un político. Seamos honestos, ¿en verdad creen que una persona inteligente, madura, honesta, firme, con convicciones, quisiera ser presidente de este país?…a mí me cuesta trabajo creerlo. No porque dude de que en México existan personas así, sino porque dudo muchísimo que existan en la política.
Así que dejemos que los políticos nombren a su “presidente”, dejemos que sigan con sus promesas, sus discursos y sus estupideces y nombremos nosotros a los verdaderos presidentes de México, a los que sí lo van a cambiar. Nombrémonos Presidentes a nosotros mismos. Es así, solo así, que lograremos tener al México que nos merecemos.
“Ya déjalo así, que no llego al fut”, le dije a Alfonso, mientras terminaba de encerarme el auto.
“Aguánteme 5 minutos”, me contestó sin dudar mientras le daba los últimos toques, “si no se lo dejo como nuevo no me vuelve a contratar ¿y luego?…”
“Tienes razón, espero”.
“Mi chamba puede no ser tan importante”, terminó Alfonso, “pero eso no quita que no tenga que ser el mejor en lo que hago”.
Y sí, lo es. Hace casi 15 años que lo conozco. Recuerdo que me lo recomendaron como “el tipo que mejor encera los autos”. Lo llamé, nos pusimos de acuerdo y llegó a mi casa un sábado a las 7 de la mañana. Desde que lo conocí supe que era un tipo decente, honesto y trabajador. De esas personas que te vibran bien con solo verlas. Le dejé las llaves y recuerdo haberme sorprendido con lo mucho que se tardó. Eso, hasta que ví como había quedado mi auto. Literalmente, como nuevo. Motor, vestiduras, cajuela, visagras, faros, llantas, rines, todo. No había dejado detalle sin atender. Desde entonces, hace casi 15 años, no es necesario que yo recuerde cuando les toca su encerada a los autos. Alfonso me llama puntualmente cada 6 meses, “agenda su cita” y viene a casa a dejarlos como nuevos. Se lo he recomendado a muchísima gente y creo que nunca recibí tantos agradecimientos como cuando ven el resultado.
Su mejor “publicidad”, como le digo yo, es su propio auto. Un Golf modelo 1990, rojo, que mantiene impecable.
“Tienes que mostrárselo a todos tus clientes”, le dije hace tiempo, “este auto es la mejor prueba de lo bien que haces tu trabajo”.
“Claro”, me dijo, “y de que cobro barato, porque no me alcanza para comprarme uno nuevo”.
Desde hace un par de años, Alfonso viene a casa con su hijo, a quien le está “enseñando el negocio” y que seguramente será el mejor, una vez que su padre se retire. Cuando terminan, Alfonso no se va sin asegurarse de mostrarme el resultado. Abre el cofre, me muestra el motor, después la cajuela, se asegura de que vea cada detalle, las visagras, la alfombra, para después pasar a la lámina, las llantas, los rines y, por último, el interior, vestiduras, tablero, tapetes, en fin. Venimos haciendo exactamente lo mismo desde hace años, aunque ya lo conozco y no necesita probarme nada. Para él es muy importante mostrarme que todo ha quedado bien. Se apena muchísimo cuando, una vez cada dos años, más o menos, me dice que “ya me va a tener que cobrar más porque los materiales han subido de precio”, como si pagar más por un trabajo tan bien hecho no fuera justo.
Para mí Alfonso es un ser humano excepcional y un mexicano ejemplar. Un tipo que encera autos, pero que se ha fijado como objetivo ser el mejor en lo que hace y, al menos en mi opinión, lo es. Una de esas personas que da gusto conocer y a las que da gusto poder dar trabajo, ayudar.
“Mi chamba puede no ser tan importante, pero eso no quita que no tenga que ser el mejor en lo que hago”.
Desde que me lo dijo, me quedé pensando mucho en eso y en cuanta razón tiene en abordar así su trabajo. He escrito algunas cosas que señalan lo mal que está nuestro país: la gente que se estaciona en lugares para discapacitados sin importarle nada, la prepotencia, la corrupción, la terrible falta de educación que en mi opinión es donde empieza el problema, en fin. Hace poco también escribí acerca del “otro México”, ese en el que abundan las buenas personas, ese que vale la pena señalar, no olvidar. Ese en el que abundan los “Alfonsos”. Esos que tanto necesita nuestro país.
Tú, que estás leyendo esto, ¿en verdad te esfuerzas cada día por ser el mejor en lo que haces?, ojalá y sí y, si es así, te felicito y te lo agradezco. Pero si no, si eres de los muchos que se dejan llevar por el “día a día” y que piensan que el trabajo es eso, trabajo, te invito a que recapacites, te enfoques y te propongas hacerlo mejor, porque no importa cuál sea tu trabajo, todos son importantes y todos sirven para algo.
Escribo esto porque he pensado mucho, seguramente igual que tú, en lo mal que estamos y en lo “poco” que podemos hacer: que si “es culpa del gobierno”, que si “Calderón agitó el avispero”, que si “todos son unos corruptos”, en fin. La verdad es que cuesta trabajo, desde la posición del “ciudadano común” tratar de influír en algo y aportar alguna idea que ayude a México. Lo fácil es criticar y no hacer nada, porque nosotros “no podemos hacer nada”. Pienso que estamos equivocados. Pienso que sí podemos hacer algo y me doy cuenta de que Alfonso, el tipo que me encera los autos, tiene una gran idea que sí puede ayudar a México y hacer que las cosas cambien. Esa idea es que todos nos esforcemos todos los días por ser los mejores en lo que hacemos, aunque nuestra chamba “no sea tan importante”. Mejores tipos encerando autos, mejores meseros, mejores polis, mejores médicos, mejores ingenieros, mejores publicistas, mejores madres y padres, mejores amigos, mejores jefes, en fin. Todos tenemos que esforzarnos por ser los mejores. Yo estoy muy lejos de serlo pero como Alfonso, intento trabajar todos los días para lograrlo y espero algún día poderlo ser. Me equivoco mucho más de lo que acierto, pero lo intento y lo seguiré intentando. Si lo haces tú también, si lo hacemos todos, estaremos construyendo un mejor país, independientemente de que nuestro gobierno intente también hacerlo mejor o de que a nosotros “no nos toque” tomar las decisiones que toma Calderón. Es esa nuestra parte: ser los mejores en lo que hacemos.
Todos conocemos de sobra el desastre de país en el que estamos viviendo. La inseguridad, los asaltos, balaceras, corrupción, en fin. Las noticias, las pláticas de café, las comidas, los periódicos, las redes sociales, un sinfin de cosas nos lo recuerdan a diario, al grado que se vuelve complicado explicarnos a nosotros mismos, ya no digamos a nuestros hijos, por qué vivimos en este país.
Por eso, hoy quiero escribir un poco acerca del otro México. Ese que existe también, pero que cada vez se vuelve más difícil ver.
Quiero empezar por algo que me sucedió hace unos meses cuando, manejando de vuelta a casa, me quedé atorado en medio de un accidente en la carretera que lleva de Toluca a la Zona Esmeralda. Un camión se volcó en medio de la carretera haciendo imposible avanzar. Al darnos cuenta de lo que estaba sucediendo, los que estábamos ahí apagamos los autos y esperamos, literalmente, un par de horas sin movernos.
“Pinche camión de mierda”, fue lo primero que pensé. “En esta pinche ciudad es imposible moverse, maldito tráfico infernal”.
Pasado el coraje inicial, hice lo único que podía hacer en medio del desastre: me puse a tuitear. A contar mi desgracia en Twitter. Eran las 11 de la noche y, al cabo de unos minutos, empecé a recibir palabras de aliento de gente. Consejos de gente que había pasado por lo mismo (en esta ciudad, ¿quién no ha pasado por lo mismo?), chistes, o gente que simplemente me platicaba para hacer más llevadero el tiempo. Mexicanos que, en la mayoría de los casos no conozco siquiera personalmente. Las dos horas se me fueron como agua. Podría decir que hasta me divertí. Fue como haber estado en una especie de “reunión virtual”. Una experiencia increíble.
“Que a toda madre somos los pinches mexicanos”, recuerdo haber pensado entonces.
Hace un mes, viví otra experiencia mucho más dolorosa. Un buen amigo estaba en el hospital, muy grave, a punto de ser operado y necesitaba sangre. Se me ocurrió mandar un tweet pidiendo ayuda. Increíble. En cuestión de segundos me empezaron a llegar respuestas de gente dispuesta a donar: preguntando qué se necesitaba, a dónde había que ir, retuiteando mi mensaje, de nuevo mandando mensajes de aliento, en fin.
Desafortunadamente, mi amigo murió por una complicación y, al día siguiente, fueron más los mensajes de gente dándome el pésame y de nuevo, escribiendo palabras de aliento. De nuevo, en muchos casos, gente que no conozco. Gente dispuesta a ayudar y a hacerme sentir mejor, solo porque sí. Porque está bien.
No sé si en todo el mundo pase lo mismo. Quisiera pensar que sí.
Lo que sí sé, es que los mexicanos sí somos “a toda madre”, como pensaba aquella vez en la carretera, parado en medio del tráfico. Este país está lleno de gente buena y de cosas buenas. De no ser así no podríamos con lo que está pasando. Uno sale a la calle y ve gente sonriendo, trabajando, burlándose de sí misma (o de Ninel, en el peor de los casos), gente feliz. Ahora mismo escribo esto en un café y a mi alrededor la gente ríe, habla de sus planes, lo pasa bien.
Este país también está lleno de oportunidades. Somos muchos, es un mercado enorme, gigante, que le abre las puertas a gente de todo el mundo. A mí en lo personal me ha permitido tener una carrera profesional increíble, montar mi propio negocio, dar trabajo a gente talentosa y buscar crecer, aún en medio de las constantes crisis. Me ha enseñado a planear, a estar alerta, a resolver problemas y a transformarlos en oportunidades. En este país conocí a la mujer de mi vida, nacieron mis hijos y formamos una familia.
A ti, que estás leyendo esto, seguramente te ha ofrecido más o menos las mismas cosas que a mí.
Mira un poco a tu alrededor: nuestra afición por el fútbol, nuestro público en los conciertos, la manera en la que ayudamos a cualquier pueblo hermano que esté en desgracia, nuestra solidaridad ante los desastres, lo buenos anfitriones que somos, nuestros tacos, nuestras fiestas, nuestras tradiciones…
Ese es el otro México: el de Cantinflas y Chespirito. El de las playas increíbles, el del clima maravilloso, el de la cultura prehispánica, el de Diego y Frida, los museos, la buena comida, la música, los poemas, los murales, la gente que sonríe y te ayuda por la calle, los meseros que se pasan de amables, los albures, los chistes de Pepito (o de Ninel), el México que, por más que lo intenten, la corrupción, el narcotráfico y la violencia no van a poder tapar, porque sin duda los buenos somos más y porque sin duda, los mexicanos somos a toda madre y somos nosotros, tú, yo y los demás, los que vamos a llevar a este país a donde se merece estar.
Con esto no intento tapar todo lo que sucede ni hacerme (o hacerte) pendejo ante la terrible situación por la que atravesamos, sino simplemente recordarme, al menos a mí mismo mientras escribo todo esto, que de pronto vale la pena ver lo bueno, hacer una pausa, voltear a otro lado y descubrir ese otro México, el México por el que vivimos aquí.
Ese otro México vale la pena. Ese otro México es el que va a prevalecer.
Un día como hoy, hace 16 años, me convertí en “papá”.
Lo recuerdo todavía como si fuera ayer. Mi mujer se despertó de madrugada diciéndome que “algo le había caído mal” y que seguro tenía una infección intestinal. Primerizos al fin, decidimos ir al hospital a ver qué nos decía el doctor. Llamamos a mi suegra que, como buena mamá, practicamente se “teletransportó” de su casa a la nuestra y en segundos estaba ahí, lista para acompañarnos.
Lo habíamos preparado todo durante 9 meses: desde la cenefa que Diana pintó y colocó personalmente en el cuarto, hasta la cuna, el edredón, el moises, las mamilas, los pañales, la ropita, las camisetitas, lo que “ella o él” usarían al nacer, en fin. Habíamos pagado también, con muchísimo trabajo, una “suite” en el hospital para recibir a toda la gente que seguramente querría ir a conocer “al bebé”. Así que, puntuales nosotros (porque “el bebé” se había tardado 18 días más en decidirse a nacer) salimos corriendo al hospital, no sin el previo drama de la “mommy to be” al ver a una mariposa negra en la sala de la casa.
“No puede ser!!!” - me gritaba despavorida - “son de mala suerte, ¿¿¿por qué???, ¿¿¿por qué justo hoy??? - mientras yo trataba de ahuyentarla con un cojín.
Y resulta que no, las mariposas negras no son de mala suerte, sino todo lo contrario, al menos para nosotros, porque ese día, el 20 de junio de 1995, todo nos salió perfecto.
Llegamos al hospital y mi mujer y mi suegra salieron corriendo del auto para descubrir que la “infección intestinal” era más bien una dilatación de 8 centímetros y que “el bebé” estaba por nacer.
Yo no lo podía creer. Hasta ese entonces había cargado y cuidado varias veces a mis sobrinos, a quienes quería y quiero como si fueran mis hijos, pero nada, absolutamente nada me podía preparar para lo que estaba por vivir. He de confesar que durante muchos lapsos del embarazo yo idealizaba la posibilidad de tener un “varón”. Pensaba en que jugaría al fútbol con “él” y que le heredaría mi gusto por los autos antiguos y demás estupideces de ese tipo, como solemos pensar los hombres cuando nos vamos a convertir en papás. Hoy le agradezco a Dios y a la vida haberme equivocado con ese “primer bebé”.
Desde que llegó, Xime lo hizo como ha hecho todo en su vida hasta el día de hoy: fácil. De muy buena manera y sin darle problemas a nadie, ni a su mamá, que practicamente “la escupió” sin tener que hacer demasiado trabajo de parto. Un parto sencillo, fantástico, con la única rareza de que ella venía “de cara”, lo que hizo que naciera con su carita hinchada y bastante golpeada…como de boxeador después de pelear 12 rounds. Recuerdo que cuando vi su primera fotito le dije a su mamá “voy a tener que trabajar muchísimo para que la quieran por su dinero, porque por su belleza, va estar cañón…”. Otra vez, me equivoqué.
La cargué por primera vez apenas nació y sentí algo que no se parece a nada que haya sentido ni sentiré en mi vida. Me sentí lleno, completo. Entendí para qué había nacido ella, pero también para qué había nacido yo: para conocerla y para tener el enorme orgullo y privilegio de ser su papá. Sentí que mi vida como la conocía, como la había planeado, cobraba un significado mucho mayor. Ahí estaba ella, con su carita hinchada y un ojito cerrado por el parto, viéndome por primera vez, como me vería después durante mucho tiempo, cuando cada vez que yo entraba a cualquier lugar en el que ella estuviera me escuchaba y volteaba su carita buscándome para que la cargara. Si había pensado que “estaría chido que mi primer hijo fuera hombre” verla me hizo olvidarlo en exactamente medio segundo. Supe, desde ese momento, que había tenido una niña muy especial. Una niña que, hasta el día de hoy, irradia a su paso una luz que no le he conocido a ninguna otra persona. Ximena me hizo y me hace todos los días darme cuenta de que vale la pena vivir y que nada, absolutamente nada, se compara con la alegría de ser padre.
Respeto a la gente que prefiere no tener hijos. Respeto a los que dicen que “la cosa está muy mal” y que no tiene sentido seguir trayendo niños al mundo. Los respeto pero no puedo entenderlos, no después de conocer a Xime.
El tiempo se pasa volando. Apenas el sábado estuvimos en su graduación de secundaria. Vestido, tacones, “after”, del que regresó a las 8 de la mañana, en fin. Yo todavía recuerdo cuando se empeñó en disfrazarse de “Lady Marion” cuando cumplió tres años. Recuerdo a su mamá, vuelta loca, haciéndole el disfraz para que quedara idéntico. El “pony” que rentamos para que la paseara, junto a sus amiguitos, alrededor del parque. Recuerdo la primera vez que fuimos juntos a Disney, su carita, su ilusión. La primera vez que vio el mar y como se quedaba sentadita en una toalla, impecable, jugando con sus muñecas sin tocar la arena para no ensuciarse. Recuerdo que olvidó a su “bebé” en el hotel, un muñeco Cabbage Patch que le había traído Santa y por el que lloró desconsolada durante días. Recuerdo una vez en la que ganamos el premio de “la agencia del año” y la invité a subir conmigo al escenario en Acapulco para recibirlo, lo importante que se sentía y lo orgullosa que estaba. Recuerdo cada uno de los días que hemos vivido juntos desde aquél 20 de junio, hace 16 años.
Hoy celebra su cumpleaños en una comida con sus amigos. Ya no hay pastel, ni mago, ni payasos, ni la tengo que cargar para que rompa la piñata. “No está cool” que nosotros estemos ahí con sus amigos, así que no lo haremos, aunque estoy seguro de que no se enojaría si lo hiciéramos, sería incapaz de decirnos nada, porque ella jamás dice nada malo de nadie, tiene solo cosas buenas en el corazón. Lo único que hace Xime es irradiar de luz a toda la gente que la conoce. Hoy cumple 16 y me doy cuenta de que la vida me bendijo con ella, como con los tres maravillosos gángsters que llegaron después.
Siempre he pensado que a los hijos se les educa y se les enseñan valores hasta cierta edad y que, después, uno tiene que esperar haberlo hecho bien y confiar en ellos. Con Xime sin duda lo hicimos muy bien y viéndola, me doy cuenta de que le hemos hecho un gran favor al mundo al traer a una persona como ella a este lugar, porque lo hace un mejor lugar para todos.
Feliz cumpleaños mi amor. Gracias por ser quien eres y gracias por compartir tu vida con nosotros.
Después de casi un año de haber participado en un concurso por una marca importante, el cliente nos llamó para decirnos que, finalmente, ganamos.
Los concursos en publicidad son complicados, raros, difíciles y uno nunca sabe cómo abordarlos: si con esa idea de la que tú estás convencido que es la mejor para la marca, o con esa idea “safe” que el cliente “comprará fácilmente” porque no agita demasiado las estructuras corporativas y que te puede hacer ganar el negocio. Cuando abrimos la agencia, hace poco más de un año, decidimos que siempre, sin importar el resultado, nosotros iríamos a cada concurso con ideas de las primeras. Ideas en las que creamos, independientemente de cómo puedan ser recibidas por los clientes. Mucho más complicado, sí, pero más congruente con nuestra razón de ser. Si traicionas aquéllo en lo que crees, te estás traicionando a ti mismo y eso, cuando estás arrancando un negocio propio, es lo peor que puedes hacer. Puede funcionar al principio, pero tarde o temprano se te vendrá encima.
Así que, casi un año después, haber encarado un concurso con una idea y una manera de pensar en las que creemos, nos ha dado resultados. Fácil no fue. La marca de la que hablo está (o estaba) “alineada globalmente” con una agencia grande, con una red. Con todos esos recursos, “sinergias” y “ventajas” que tienen, o que pregonan tener las redes. De hecho, el resultado tardó tanto tiempo en llegar precisamente porque esa red, al ver amenazada una parte de su negocio en un mercado importante como éste peleó, presionó, se movilizó e hizo lo que cualquiera haría por tratar de defender su negocio. Al final, afortunadamente para nosotros, pudo más el pensar distinto, el traer a la mesa otro punto de vista, otra manera de hacer las cosas, desde una oficina independiente, no una agencia grande ni transnacional, con una idea fuerte, capaz de “romper la red”.
Hoy, dos semanas después de haber recibido esa gran noticia que fue para nosotros como un regalo de navidad adelantado, nos presentamos a otro concurso, por otra marca de esas globales que hacen contratos globales con “grandes redes”. Lo primero que me sorprende y me tiene muy contento es el hecho de que ese tipo de marcas, de esas a las que cuando abrimos la agencia pensábamos que difícilmente tendríamos acceso, estén volteando cada vez más a ver el tipo de pensamiento que tenemos y que éste les llame la atención o, por lo menos, les despierte curiosidad.
Independientemente de que al final de este proceso resultemos ganadores o no, la presentación fue un éxito. La reacción de los clientes nos lo dijo. Después de 20 años en esto es fácil darse cuenta de cuando has conectado un home run y cuando tiraste una rolita con la que no llegarás ni a primera.
“Lo primero que tengo que decirles es que éste es justo el tipo de trabajo y de pensamiento que esperábamos ver de ( anónimo )”, nos dijo el cliente. “Es por eso que los invitamos al pitch y no nos han decepcionado”. “Nunca hemos hecho nada así y por eso me gusta”, fue otro de los comentarios.
En fin. En un proceso de estos los clientes no suelen decir demasiado, pero creo que hoy nos han dicho mucho. No de si ganaremos o no, sino de nuestra manera de ser, de pensar, de plantarnos y resolver un problema de comunicación de una marca y, sobre todo, de lo convencidos que estamos de lo que queremos hacer con nuestra agencia. Repito, podemos ganar o perder, eso no lo sé todavía y de hecho sería muy pretensioso asegurar nada, pero el sabor de boca con el que nos fuimos de ahí es increíble y nos demuestra a todos los que trabajamos en la agencia que estamos en el camino correcto y que, poco a poco, vamos a hacer una diferencia.
Sí, rompimos la red, otra vez. Sin una casa matriz en NY, sin 220 oficinas alrededor del mundo ni un gringo “regional” que venga a pasearse en primera clase dos días cada cuatro meses para recordarnos que “hay que llegar al plan que presentamos en diciembre”. Sin “herramientas propias de planeación” ni discursos de “influencia global” de esos que tanto escuchan los clientes, en fin. Rompimos la red con una idea. Con el poder de una idea. Ganaremos o perderemos, pero rompimos la red. Y la próxima vez que este cliente “global” piense en una agencia distinta, con un punto de vista más real y honesto y menos comprometido “globalmente”, volverá a pensar en nosotros. Y volveremos con una idea así: honesta, simple, poderosa y relevante para este mercado. Y lo haremos una y otra y otra vez, hasta ganar. Y ganaremos, porque cuando trabajas convencido de lo que puedes lograr y la gente que trabaja contigo se convence también, tarde o temprano, ganas.
Así que, no importa a qué te dediques, si tienes un sueño, no dejes que nadie te diga lo que tienes que hacer y lo que no. Si crees en algo, si piensas que lo puedes conseguir, inténtalo, arriésgate, salta, rompe la red. Tarde o temprano, vas a ganar.