Todos somos Presidentes.
Pasado mañana estaremos ya en el 2012. E independientemente de los propósitos que nos hagamos o no, o de que los cumplamos o no, hay algo que los mexicanos tendremos que hacer: elegir, como cada seis años, a un nuevo presidente.
Hasta que eso ocurra, en junio, seremos bombardeados, como cada seis años, con las mismas promesas, las mismas “soluciones”, las mismas propuestas. Ahora sí, el que venga, cualquiera que sea, “acabará con la inseguridad”, “creará empleos”, “elevará los salarios, bajará los impuestos y, entre muchas otras maravillas, llevará a nuestro México “al lugar que se merece en el ámbito internacional”.
Cada seis años, lo mismo. Y después, con el nuevo Presidente, lo mismo.
Confieso que yo soy de los que creían. Soy de los que, desde que tengo conciencia, han votado por las opciones que, creía, representarían “un cambio”, las opciones que “harían que todo mejore”. En su momento voté por Fox, lleno de esperanza, como muchos otros. El resultado todos lo vimos. Y lo vivímos.
Y ahora, dos sexenios después, aquí estamos otra vez. No tiene caso ni es el tema hablar de las preferencias políticas de cada quien, si es que las tienen, porque desde que se destaparon los precandidatos, candidatos o candidatos de siempre, lo único que yo he escuchado, hablando con gente de todo tipo y de todos los estratos sociales es que esta vez “no hay ni a cuál irle”. Habrá quien sepa ya por quién va a votar y habrá quien, como yo, no tenga ni idea de qué hacer, pero lo que sí es un hecho, de lo que yo sí estoy convencido, es de que no importa quién sea nuestro próximo presidente, no importa que sea más o menos corrupto, más o menos ligado al narco o más o menos “culto”, no será él, ni la gente que lo acompañe, quienes cambien a este país.
Como yo veo las cosas, el Presidente no es sino el “administrador en turno”, el que durante seis años tiene frente a sí la oportunidad de acumular poder y dinero a costa de los millones que vivímos en este país. No importa el partido, no importa si quiere una república más o menos amorosa o si su matrimonio es una telenovela fabricada para ganar votos, el “Presidente” no va a cambiar a México. No.
A México, creo, lo vamos a cambiar nosotros. Todos nosotros. La fórmula es simple: hay que dejar de quejarnos, dejar de esperar que otros hagan las cosas, dejar de creer que “el presidente en turno sí va a ser bueno”, porque no es así, no va a ser así. Lo hemos visto ocurrir una y otra y otra vez.
Hay que construir, generar, ser los mejores en lo que hacemos y hacer que otros, los que nos rodean, aquéllos en quienes podemos influir, lo sean también: nuestras familias, nuestros amigos, la gente que trabaja con nosotros, todos. Es eso lo que, poco a poco, va a cambiar a este país.
Que es muy complicado, sin duda. Que vivimos en un país lleno de trabas, en el que cualquiera que quiere salir adelante y generar cosas mejores tiene que luchar contra miles de obstáculos, sin duda. Pero también sin duda debemos ser uno de los pueblos que más pretextos pone a su mediocridad y que más bajos se traza los objetivos para justificar que aquí no se puede salir adelante.
¿Un ejemplo?, tomemos a nuestra selección nacional en los mundiales de fútbol. ¿Nuestro objetivo?, el quinto partido. Mediocres. El quinto partido representa no haber ganado nada. Así somos en México: esperamos a que “los otros hagan” y, si acaso, a jugar “los quintos partidos”. Es tiempo de cambiar. Es tiempo de que cada uno de nosotros se responsabilice de lo que hace y de hacerlo de la mejor manera posible. Es tiempo de que dejemos de estacionarnos en lugares para discapacitados “porque quedan más cerca”. Tiempo de que dejemos de meternos en sentido contrario, de dar mordidas, de conformarnos con jugar los quintos partidos para empezar a jugar finales, a ser mejores, a darle oportunidades a los jóvenes. Es tiempo de que pensemos que podemos ser los mejores, de que nos convenzamos de que México será un gran país en la medida en la que los mexicanos seamos grandes personas, en todos sentidos.
No, eso no lo va a hacer un presidente. No lo va a hacer un político. Seamos honestos, ¿en verdad creen que una persona inteligente, madura, honesta, firme, con convicciones, quisiera ser presidente de este país?…a mí me cuesta trabajo creerlo. No porque dude de que en México existan personas así, sino porque dudo muchísimo que existan en la política.
Así que dejemos que los políticos nombren a su “presidente”, dejemos que sigan con sus promesas, sus discursos y sus estupideces y nombremos nosotros a los verdaderos presidentes de México, a los que sí lo van a cambiar. Nombrémonos Presidentes a nosotros mismos. Es así, solo así, que lograremos tener al México que nos merecemos.